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Camilo Zambrano Proaños

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De lo sacro a lo profano

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una banalidad “instagramesca”

.

Se le quita todo

el valor social a la fotografía porque se accede a

ciertas facilidades de intervención digital y no al

discurso de fondo que propone esta avalancha de

publicaciones fotográficas en el mundo entero.

La razón por la cual no son sancionadas las

fotografías de los álbumes familiares es porque

hacen parte de una esfera íntima a la que solo

acceden personas cercanas

,

porque tienen ma-

yor valor simbólico y se fijan en el contenido y

no en su forma de representación. Las fotos col-

gadas constantemente en las redes sociales son

una especie de híbrido entre fotografías con un

alto valor simbólico y fotografías con una alta

sensibilidad artística

,

ninguna de las cuales tie-

ne mayor pretensión como “obra de arte” aun-

que muchas veces curadores o críticos de arte

“descubran” de manera desapercibida uno que

otro artista oculto entre las redes sociales. Este

aspecto

,

incluyendo la capacidad de Instagram

para “filtrar” las fotografías y darles un nuevo

tono

,

es el más sancionado por los poseedores

de la palabra

,

por los jueces del tiempo

,

porque

evidencia públicamente sensibilidades expre-

sadas solamente en los álbumes de familia

,

re-

servados solo para los integrantes de la familia

y sus amistades cercanas. Esta es una práctica

censurada porque da cuenta de que no solamen-

te los académicos o artistas tienen la posibilidad

de pensar

,

reflexionar y crear nuevas imágenes

y nuevos discursos visuales. Es

,

de cierta forma

,

mantener el círculo cerrado

,

sin darse cuenta

que ese círculo hace rato dejó de ser círculo para

convertirse en una red. La resistencia también

hace parte de la colonización de espacios que

siempre se habían reservado para unos pocos

,

así como otros lugares de movilización y difu-

sión como el espacio público

,

que aunque es

otra manera de contar historias

,

muchas veces

los discursos hegemónicos se apropian de esos

discursos y revierten la práctica hacia sus pro-

pios intereses

,

como lo sucedido con Banksy

,

quien alejado de los espacios convencionales

empezó a pintar el espacio público

,

y luego del

impacto internacional que tuvo

,

en parte por las

redes sociales

,

las galerías sin ninguna vergüen-

za decidieron arrancar el espacio de lo público

,

y privatizarlo al mejor postor apropiándose de

esos nuevos discursos para mantener su hege-

monía y control sobre la producción artística.

Pero siempre está la esperanza de que la ma-

sificación del artefacto fotográfico democratice

la imagen

,

y la democratización es la posibilidad

de sacar a flote nuevas prácticas y nuevos discur-

sos. Es momento de desacralizar la fotografía.

No para banalizar su uso ni pensar que en Ins-

tagram se hace arte o en Twitter se hace literatu-

ra. Evidentemente no estamos presenciando un

cambio de paradigma donde las fotos “instagra-

mescas” adquieran la connotación de arte

,

sino

todo lo contrario

,

es necesario desacralizar la

foto y dejar de verla como pieza de museo

,

como

relato de la historia en mayúsculas

,

y empezar

a usarla como una nueva forma de comunica-

ción

,

como un nuevo relato de las vidas de todos

los que ahora tienen la posibilidad de contarse a

sí mismos

,

para conocer nuevas subjetividades

,

nuevas formas de ver las realidades y reconocer-

nos en la diferencia.