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Paula Andrea Acosta

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Lo irrepetible y lo reiterado

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intrínseca al nacimiento y desarrollo del medio

,

evidencia los bucles y transversalidades de una

historia que se reencuentra y escenifica en el

presente: todo (no) es igual

,

pero diferente.

Aunado al potencial político de lo fotográfi-

co para desestabilizar de cierta forma el orden

social en relación a la producción de imágenes

,

información y conocimiento

,

el escenario de

lo digital trae consigo el descredito de la vera-

cidad (que sin embargo ya había sido cuestio-

nado en el contexto del desarrollo análogo-quí-

mico del medio) y el establecimiento de nuevos

estándares de verdad inherentes a la práctica

posfotográfica

,

supeditada y adaptada a la ex-

periencia

online.

Fontcuberta (

2011

) afirma que

“Lo crucial no es que la fotografía se desmate-

rialice convertida en

bits

de información sino

cómo esos

bits

propician su transmisión y cir-

culación vertiginosa” ya sea mediante interfa-

ces

,

redes sociales o en motores de búsqueda.

Este tránsito

,

dentro de otros posibles de la

imagen-información

,

permea evidentemente

toda práctica de lo fotográfico incluyendo por

supuesto

,

la experiencia del aficionado. Así se

conforma un decálogo del posfotógrafo

,

cuyos

puntos clave se pueden enunciar en una “nue-

va conciencia autoral

,

equivalencia de creación

como prescripción

,

estrategias apropiacionis-

tas de acumulación y reciclaje que desembo-

can en lo que podríamos llamar la estética del

acceso”. Esta última categoría propuesta por

Fontcuberta (

2011

) refleja la estetización de la

experiencia fotográfica en todos sus ámbitos

,

a la vez que expone la necesidad de analizar y

teorizar sobre el lugar de la imagen desde sus

usos en la cotidianidad

2

en la cual se pueda ver

convocada a una puesta en diálogo con la prác-

tica artística contemporánea. Así:

Al volverse

high tech

,

la cultura proyectará

la cuestión tecnológica en otros niveles más

allá del de la praxis o de la referencia temá-

tica. Así

,

llegaremos a una de las caracterís-

ticas más distintivas de la cultura tecnorro-

mántica: la subversión de la práctica por la

estética (González

, 2005,

p.

129

).

Ahora bien

,

la aproximación a una estética del

acceso en la fotografía se ha constituido de for-

ma acumulativa en el transcurrir histórico del

medio a través de la interacción individuo-ar-

tefacto(s): su capacidad funcional en relación a

posibilidades y modos de hacer imagen; la sim-

plicidad en el uso; los bajos costos en relación a

la adquisición de equipos

,

insumos

,

accesorios

y servicios propios del componente técnico; y

ante todo la asimilación cultural y formas de

pensamiento que instauraron

,

más allá de una

dependencia social por la imagen

,

un sentido

del

deber

en relación al registro y acto fotográ-

fico como parte intrínseca de la valoración de

todo acontecimiento

,

como objeto tangible y

evidencia espacio-temporal de una construcción

histórica participativa

,

múltiple y heterogénea

,

lugar de convergencia entre la esfera del común

,

las experiencias íntimas y privadas del sujeto

,

que retomaremos más adelante desde el lugar

del cuerpo y la práctica fotográfica aficionada.

Todas estas variables escenifican puntos de in-

flexión con mayor o menor intensidad

,

cohe-

rentes con el contexto histórico determinante

y la relación de la fotografía con el desarrollo y

establecimiento de otros medios tecnológicos